jueves, 11 de junio de 2009

El sentido de escribir....

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  1. DEl AMOR NACEN LOS RÍOS.
    Texto que contine trece leyendas de nuestra región.

    CAMINOS
    Hace tiempo, cuando el Colorado corría sin miedo buscando las honduras del paisaje, vivía en su orilla gente de la tierra.
    Quepue era el cacique. Cuidaba de su tribu y los jóvenes aprendían de su mirada madura.
    Un día en que el viento estiraba el desierto, una sombra echó raíz en los ojos del cacique. Sabía que se acercaba el malón huinca. Juntó a todos y les contó la noticia
    Los más jóvenes querían luchar. Les ganaba el pecho una furia de pocos años, era como puntas de flechas brillando ante la amenaza. Las mujeres acercaron a los más chicos al temosr de sus polleras. Los viejos hundieron su mirada en la tierra.
    Quepue esperó otraa vez el silencio y dijo a todos que había que huir, para salvar la vida. Era la palabra del cacique.
    Al otro día, con el amanecer peregrinaron. Y había que cruzar el Colorado. Eligeron para bandear los mejores caballos. En ancas iban los niños, ataditos con trapos.
    Anduvieron muchos días. Por las noches hacían un fuego pequeño para no alertar.
    Las estrellas eran un piño pastando en el cielo manso. Mirando la inquietud del fuego, algunos cantaban. Pero era un triste canto.
    Cuando llegaron junto al río Covunco, Lipileu, el ayudante del cacique, probó la tierra y sintió que ese sitio la primavera sería tierna. Entonces, se quedaron a poblar.
    Cada familia hizo su casa de cuero costurado. Algunos años duró la buena tregua. Pero cuando las trenzas de las niñas rozaban ya el moreno secreto de sus senos, y los que habían llegado niños despuntaban en lanza certera, vino la inundación a llevarse casi todo. Y después, otra vez, la cercanía peligrosa del huinca.
    La machi alertó al cacique. La tribu consultó los ojos de Quepeu y otra vez peregrinaron.
    El pehuén les dio piñones para el viaje y la cordillera los dejó pasar. Pero una hebra de matra quedó en la jarilla, el color de un chamal se enredó en un ristro, un capullo de lana virgen se dio a flotar en el viento. Y un hilo de voz de madre india anidó en la corteza del arrayán solitario, que mecía su ramaje en el cielo.
    En Chile los recibieron bien y se establecieron. Después de algunos años regresaron.
    Otros eran los caballos. Otros eran los niños. Pero el canto era el mismo. Una vertiente amiga de la tierra, un pájaro dueño del bosque, el dibujo del viento en la nieve.
    Se quedaron otro tiempo en Ruca Choroi. Cuidan el piño. Hacen labor. Tejen matras y caminos. Los caminos guardan la memoria de un ir y venir buscando la tierra.
    ¿Dónde estará la tierra?

    Autora: María Cristina Ramos.


    SOBRE ESTA HISTORIA: Recreación de un relato de don Dionisio Caitruz, de Ruca Choroi, Aluminé, publicado en TESTIMONIOS MAPUCHES EN NEUQUÉN.

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